Aquello no era lluvia,
era plomo enfadado que
caía como queriendo romper
los tejados que ya poco me
protegían.
Tu cuerpo, recreo soñado
por mis manos. Destino,
ignorado por mis pasos, tu
boca, almíbar de mis rodillas
cicatrizadas de niñez.
La noche, mensajera de
debilidades. Mi cama, prisión
libre de nada, rea de todo.
Los fantasmas, vecinos de lo
cotidiano, me escriben postales
desde la oscuridad para que nunca
los olvide.
Encontrarte sin haberte buscado,
lamo las palmas de mis manos
para reconocer tu sabor, escribo
sin pausa, buscando un punto final
que dormita en algún callejón
agujereado con un ojo abierto.
Te prometo, que aquello no
era lluvia, era mi rabia que
caía descontrolada por dejar
pasar tantos abrazos y tantos
besos, eran mis miedos hechos
agua, eras tú gritándome de
lejos.